CELEBRACIÓN DIAMANTINA

 

CELEBRACIÓN DIAMANTINA

Tomado del libro de mi autoría "MEDICINA. CIENCIA ÉTICA Y VOCACIÓN. DIGRESIONES DE UN DOCENTE", 2017, Santa Bárbra Editores, Barranquilla, p.117-120 

El día uno del séptimo mes del calendario 2017, completo primeros 75 años de existencia. “Mujeres y hombres en edad diamante” un libro de la autora mexicana Ale Velasco da nuevo nombre a las personas de 75 años, ya no como tercera edad;  “La Edad Diamante” llama.

La palabra diamante del griego "adamas”, significa irrompible, inexpugnable o invencible. El adjetivo " adamas ", utilizado para describir la más dura de las materias conocidas, se convirtió en sinónimo de diamante refiriéndose, así, a la dureza de esta piedra formada por carbono, el elemento químico fundador de la vida, en su forma más concentrada.

Un diamante es algo magnífico, piedra sin par considerado “rey de las joyas". Es la gema transparente de mayor belleza. Simboliza pureza y fuerza. Su brillo es único, deslumbra en la oscuridad: el brillo adamantino. Los antiguos lo llamaban “piedra del Sol”, por su fulgor resplandeciente.  

Los griegos creían que el fuego de un diamante reflejaba la llama del amor.

Los romanos pensaban que imprimía fuerza, valor y hacía invencibles durante las batallas; atribuían poderes mágicos para superar las dificultades de la vida.

Mayor diamante descubierto hasta el momento es “Lucy”, llamado así en honor a la canción de los Beatles: Lucy in the Sky with Diamonds, 350 veces más grande que la Tierra.  El 13 de febrero de 2004, científicos de la Universidad de Harvard confirmaron su identidad como enana blanca y su composición de carbono cristalizado.. El diamante Lucy corresponde al centro de un planeta que gira alrededor de una estrella de neutrones en la constelación Centauro, a unos 50 años luz de distancia del Sol.  La avaricia humana nunca podrá alcanzarlo.

“Los diamantes son eternos” reza el título de una novela de Ian Fleming ( Diamonds are Forever , 1956) y del filme de 1971 que tratan las aventuras del legendario James Bond.

Con las características de esta piedra preciosa quienes logran llegar a la “edad diamante”, se puede suponer, constituyen individuos singulares por su carácter inexpugnable ante la impudicia, personalidad recia ante la adversidad, conducta transparente, sin tachas y un alma amorosa que brilla con luz propia en el servicio a los demás.

En medio de la gratificante euforia diamantina que experimento, algo, sobremanera, me conmueve en este onomástico:  la sigilosa soledad que, incauto, vislumbro cada vez más próxima a mi acontecer.  No obstante, el regocijo de celebrar, lleno de vigor y rebosante entusiasmo, esta quimérica etapa de mi vida. De contar, además, la compañía incondicional de mi venerada esposa, la adhesión siempre entrañable de mis hijos, la ternura y encanto angelical de mis nietos queridos. 

Caigo en cuenta, sin embargo, husmeando a través del lente retrovisor del tiempo transcurrido, que unos tras otros han ido alejándose familiares admirables, parientes apreciados; amigos entrañables de infancia y juventud; inolvidables compañeros del colegio, la universidad, el hospital, la academia, la cooperativa y el tenis. Del viejo barrio, los cordiales vecinos de tertulia en el bordillo de la tienda de la esquina.

Han ido dejando, además, este cosmos terrenal los que alcanzaron la muerte natural por  achaques propios de la senescencia. Lo más doloroso, aquellos que por su pujante mocedad no tenían por qué dejarnos, descendientes promisorios, esperanza de todos, muchachos   por quienes guardaba afecto entrañable.


Torre de Pisa, Italia. Julio 23 de 2017.

Envejecer, sin duda, es un canto de victoria ante lo inexorable de la muerte; más aún, ante la disyuntiva de morir joven por causa de los embates de la virulenta violencia que a diario nos acosa.

El irremediable conteo suma lista interminable de gente honorable, personalidades admirables, individuos sin sombras. Su notoria ausencia produce la triste sensación de irme quedando, en la medida que abruma el otoño, cada vez más solo.  Solitario y perplejo.

Alienta, por un lado, la incertidumbre positiva de poder disfrutar el privilegio que significa seguir haciendo presencia, a pesar de tantas ausencias físicas. Con inmensas ganas de seguir hacia adelante, de seguir deslumbrando, en medio de la aflicción que engendra la noticia, que nunca falta, del último que se fue para no volver.

Por otra parte, la certeza negativa de que la hora de la partida definitiva la tengo cercana. Y, claro, preguntarme a mí mismo ¿Será que el próximo seré yo? A sabiendas que en cada hora de nuestra vida está la hora de nuestra muerte.

Cierto es, en  medida que sentimos el peso de los años va disipando el miedo a la muerte como tal. Preocupan, en verdad,  las circunstancias del hecho de morir y, con el deseo, aspirar a un trance final tranquilo, rápido e indoloro. Sin tanto sufrimiento personal ni familiar. Lo que no quiere decir estemos suspirando por el sueño eterno. Es la aceptación, diría que racional, de la realidad de la muerte, antes negada o no aceptada, cuando vivencias cotidianas colmadas por la intensidad de las ocupaciones y el ímpetu de las pasiones no daban lugar para pensar en ella.  

Creíamos que eran otros, no nosotros, los que la hermana muerte, decir de San Francisco de Asís, tenía programados por viejos, por enfermos o porque nada tenían que perder.

Tal vez, pueda explicarse la actitud, ahora, comprensible ante el irremediable designio final de los que hemos alcanzado  honrosa longevidad por la satisfacción de advertir nuestras ilusiones hechas realidad. La alegría del deber cumplido.  El regodeo de haber vivido como Dios manda. El sosiego que trae consigo la conciencia tranquila y en paz. El logro de lo que podríamos considerar plenitud del ser.

La soledad, en medio de un tumulto caótico que nos mira con desdén - cosa rara es un diamante -  en donde tú, con tus canas invernales y sapiencia de los años, eres un extraño desprevenido, en ocasiones incómodo y, el silencio indefectible de los apetitos del mundo, que colma esta etapa septuagenaria, predispone la mente a concientizarse de la certeza del más allá. De allí el, a veces incomprendido, desapego que exhibimos ante lo terrenal, superfluo y sin sentido.

La gestión de una agenda sencilla, sin ostentaciones, en donde priman el amor a la vida, la familia y la naturaleza llevan al reencuentro con el ser asombroso que antaño fuimos. El inquieto personaje de una remota niñez florece pletórico para colmar nuestras expectativas más sentidas en estas calendas postreras.

Superados los avatares de las exigencias materiales resurge vivificante la fuerza del espíritu, con lo inmanente de su poderío, para el hallazgo sublime de lo trascendente. Solazarse placentero en una auténtica vida del alma ante la flaqueza de un sujeto cansado, que pide reposo y templanza para la vida del cuerpo.

Pues sí, significativo en esta evolución etaria es el maravilloso retorno al sorprendido niño que alguna vez fuimos, convertidos, ahora, en la figura mansa, bondadosa y tierna del abuelo que ahora somos.

 Produce enorme felicidad, llegar a esta “edad diamante”, con el satisfactorio balance de haber logrado los tres objetivos, que según el memorando profético de Mujámmad, mensajero del islam, debe uno llenar para sentirse cabalmente realizado:  plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo.

Y mimar un nieto, agrego yo, como cuarto objetivo, necesario, para culminar, dichoso, el periplo existencial. Ser abuelo produce complacencia que la condición de padre no da. No se puede formular en meras palabras, es vivencia que hay que experimentar. El sentimiento es indescriptible. Si a los hijos se aman a los nietos se adoran.


PLANTAR UN ARBOL.  En cada médico, egresado de la facultad de medicina, en que he inculcado con suma devoción  amor a la ciencia y amor al hombre  considero, colmado de contento, haber plantado un árbol, el árbol simbólico del saber médico, al servicio del inconmensurable árbol de la vida, de la humana vida.



ESCRIBIR UN LIBRO.  Viaje al Jardín de Akademus. Digresiones de un Académico, es el último de mis libros, en producción literaria que alcanza a seis publicados, más dos que vienen en camino, para cumplir airoso el segundo requisito.  Sus páginas recopilan mi dilatada faena médica en los distintos frentes que el ejercicio de la profesión ha permitido poner mi modesta cuota de servicio.


TENER UN HIJO. Son tres los hijos que llenan mi corazón de gozo y  dan con la enjundia de su estirpe la condición dichosa, súper paterna de abuelo. Pues sí, soy un engreído papá grande de mis lindos nietecitos.

MIMAR UN NIETO. Gratificante la enseñanza que recibo en la alentadora escuela de los hijos de mis hijos.   La vivaz sabiduría que me han comunicado ha enriquecido mi precario saber. Son ellos los maestros más esplendidos que he tenido.

-    -   “Tity - me llama cariñosamente - tú no sabes nada, ven yo te enseño”,  dice Dieguito, a sus cinco añitos, y  da clases de números,  colores,  letras,  baile y  gimnasia.

 “Tity, así no se dice”, y corrige mi defectuosa pronunciación del inglés. Para completar, su magistral catedra,  amonesta severo cuando cometo alguna necedad. 

Doy a Dios gracias infinitas por depararme tanta alegría: con mis nietos, mis hijos, mis libros y tantos alumnos míos: encumbrados galenos, árboles frondosos de erudición médica.

Si aceptamos que el diamante es la piedra más preciosa entre todas, en vanidosa homologación le podría dar, en mi caso personal, a esta edad de 75 años, igual significación: la más preciosa de mi vida.

¿Qué más puedo pedir?

Pido al Señor y dador de la vida que salvaguarde, el resto de tiempo que  tenga destinado, con la reminiscencia grata de tantos seres queridos que ya no están en su dimensión corporal, pero, con la luminosidad imperecedera de su diamantina gesta terrenal, se perpetúan en mi memoria avivando la creciente fragilidad de mi anatomía y labilidad del intelecto.

La pasión se enciende en mí, como compensación bienhechora, para pronunciar airoso,  sincero y profundo ¡te quiero!  con todo mi amor para   los que han sido, son y seguirán siendo leales compinches de la bendita aventura personal que hoy regocijado celebro. Para la estupenda y gallarda gente mía: la cercana y la distante, que atenta sigue mis andanzas reales y virtuales y en esta fecha acompaña con espontáneo afecto a la jubilosa celebración de mi “edad diamante”.

Desde la ciudad luz, en la orilla izquierda del Rio Sena, reciban sentido abrazo de gratitud.

Sursum corda. Arriba los corazones

Paris julio 1 de 2017

 

 

 

 


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