DIAMANTINA SEÑORA
DIAMANTINA SEÑORA
Poco faltó para que alcanzara el pináculo de “LA EDAD DE
DIAMANTE”. La divina providencia dispuso no llegara a la deslumbrante cumbre de
los 75 años, este 9 de junio, para iluminar desde el alto cielo mi rumbo con
destellos que dejan vislumbrar el horizonte en la andanza muda de mis horas sin
ella.
A 240 días de su partida definitiva, no ha habido un solo
instante en que no haya reconocido, muy cerca, la luz de su espiritual presencia,
desde el amanecer hasta el anochecer, de mi paciente transcurrir. Sigue vigilante cada uno de mis pasos, antes afectuosa
lo hacía, ahora con mayor razón, sabedora de mis humanas flaquezas. Como los
diamantes, el recuerdo vivo de su ejemplar legado reluce iluminador, invencible,
indestructible.
En la sagrada Biblia, el diamante simboliza fuerza,
firmeza, pureza y carácter indestructible ante la adversidad. Por su extrema
dureza, Shamir, la palabra hebrea que significa o traduce diamante o
esmeril, utilizaba para referirse a materiales invencibles. Así lo vemos en:
Ezequiel 3:9: Dios fortalece al profeta Ezequiel para
cumplir su misión de confrontar a un pueblo rebelde. “Como diamante, más
fuerte que pedernal he hecho tu frente; no los temas, ni tengas miedo delante
de ellos, porque son casa rebelde." (Reina-Valera
Jeremías 17:1: “El pecado de Judá escrito está con
cincel de hierro y con punta de diamante; esculpido está en la tabla de su
corazón, y en los cuernos de vuestros altares".
El pecado de Judá
refiere a la idolatría y el abandono de los mandamientos divinos. Cincel de
hierro y punta de diamante eran herramientas utilizadas para grabar
inscripciones en materiales duros, difíciles de borrar.
De estructura diamantina Helena Yamile Arana Porto, mi
difunta esposa, pensando siempre en grande, influyó, con su “carácter
indestructible” a que yo saliera adelante en mi vida personal y en mi vida
profesional para llegar a ser el médico que orgulloso cumplió a cabalidad la
misión encomendada en el juramento hipocrático al momento de graduarme. Artífice,
sin duda, de mi promisorio destino.
Autodidacta, se engalanaba su recogida personalidad con
una cultura general, escasa en muchos que ufanan de sus títulos académicos. Esta semblanza la público sin las correcciones, mi “editora de estilo”, que hacía a
mi escritura, a la redacción y edición. No me atrevía a mostrar mis
publicaciones sin que antes pasaran por su rigurosa revisión.
Fue mujer que enfrentó y venció los desafíos que trataron
primero: de obstruir los deseos más profundos de su joven corazón, que encontraron
en el mío el amor de su vida y vencer, airosa, las trampas de la vil envidia
que se ensañaron una y muchas veces para dar al traste con el hogar, dulce
hogar que ella edificó con ancestral señorío y denodado esfuerzo.
Helena Yamile fue un diamante pulido en el yunque del sufrimiento y del aguante que la exaltan como una gema invaluable en su fulgor como esposa digna, madre buena y feliz abuela.
17 años de su lozana existencia consagró, sin descanso, lejos de los avatares y vaivenes de la gente, a cuidar hasta su temprana muerte la discapacidad de nuestra hija Silvana Helena. Incomprendida por muchos, que ignoraron insensibles su lucha por la niña de sus entrañas, la acusaron perversos con sinnúmero de adjetivos denigrantes. Estoica sobrellevó, con resignación admirable, la pesada cruz de la ignominia.
“¡Silvanita, hija mía! gracias te damos por el
incomparable legado que nos dejaste: la inocencia de tu ser, pureza de tu alma,
santidad de tu vida, perenne riqueza de tu amor.
La seguridad absoluta de que uno de los nuestros,
verdadero ángel del cielo habitó nuestra casa y sigue desde la eternidad,
vigilante, cuidando a los suyos y todos aquellos que le son queridos”.
Era una fiera con sus hijos a los que protegió con todas
las fuerzas de su ser, supo guiar con la sabiduría que espontanea brotaba de
su testa prodigiosa y defendió con sumo carácter a quienes trataron, tantas veces,
de demeritarlos, de humillarlos. Para su gloria y la de la familia nuestros tres vástagos son, hoy en día, exitosos profesionales, lejos del terruño.
Poseía Helena Arana la pureza del más fino de los
diamantes en la inmensa riqueza de su alma. Mística femenina proyectó genuina a
la práctica del amor en todos los ámbitos. Del amor desinteresado por los suyos
y de todos aquellos que a su generosidad acudían en busca de consuelo. No
conoció el egoísmo, su esencia caritativa la hacía inmune a la soberbia. Prepotentes
y engreídos se estrellaban ante su desenfado e indiferencia. Sin ostentaciones,
consciente era de la nobleza de su estirpe.
Seguro estoy, lo mejor que le pudo haber pasado en su
bendita existencia fue el día en que se agachó ante el cochecito azul y blanco y
levantó entre sus brazos a Dieguito, su primer nieto, el nieto por los dos,
tanto tiempo, añorado. Murió con la íntima satisfacción de haberse realizado
como abuela, la mama grande de Diego, Antonia y Lucia.
La gracia de haber tenido como compañera, durante 58 años,
a semejante mujer, pura y preciosa como un diamante es, también, lo mejor que a
mi ha podido pasar en más de ocho décadas de existencia. Testimonio de su fidelidad,
de su amorosa preocupación por mí, las palabras ultimas que dijo a sus hijos antes
de morir: “Les recomiendo a su papa, no lo dejen solo. Cuídenlo”.
A casi 60 años de
haber puesto la mirada en la linda muchacha que cautivó a “primera vista” hoy, en
su cumpleaños 75, toca levantar los ojos a Dios para venerarla, a su lado, con
los ojos de la fe, como el ángel de la guarda, de mi vida, mi dulce compañía,
amen.
Visalia, Ca, USA. Junio 9 de 2026.

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