UNA CONVERSACION SOBRE EL DUELO
UNA
CONVERSACIÓN SOBRE EL DUELO
Uno
de los temas que entusiasmaba a mis estudiantes de bioética era el relacionado
con la muerte. Aparte de la connotación
medico - científica, ética y legal los
invitaba a investigar sobre la actitud o el comportamiento social y cultural de
la gente con relación a esta circunstancia ineludible de la existencia humana.
De esta forma, los alumnos revisaban las costumbres funerarias de algunos
sectores de la población, en particular de nuestra región caribe, como las
típicas creencias y ceremonias ancestrales de palenqueros y guajiros.
En
conversación con el colega anestesiólogo Walter González Siado dilucidábamos en
estos días sobre los conceptos de duelo y luto. Decía el doctor Walter que: “al
luto tradicional ahora le llaman duelo” y traíamos a cuento la forma como se
vivía en nuestra niñez y juventud esta penosa circunstancia.
La cultura del duelo es de reciente data. Las referencias al duelo empiezan con Sigmund Freud en
su libro Duelo y Melancolía; siguen con Neimeyer y Bowlby, más
recientemente con la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross en su obra bastante conocida “SOBRE
LA MUERTE Y EL MORIR”, On Death and Dying.
Según
Freud «el duelo es regularmente la reacción a la pérdida de una persona amada o
de una abstracción que toma su lugar».
Cierto
es, en aquellos tiempos, en los míos, no se hablaba de duelo entre familiares y
amigos. “Están de luto o están guardándole luto al difunto” se decía, para referirse
a la parafernalia alrededor del hecho de la muerte. “Sentido pésame” la expresión
más usada para manifestar las condolencias a los deudos. Las mujeres vestían de
negro riguroso, por lo menos durante un año, si el fallecido era cercano a la
familia. De blanco, gris o marrón lo hacían personas menos allegadas, durante
un periodo de tiempo menor; “por consideración” se indicaba. Debido a nuestra
cultura machista las señoras tenían que guardar el luto más tiempo que los
hombres, estos lucían, en cambio, una cinta negra amarrada al brazo sobre la
camisa.
La
solidaridad comunitaria se manifestaba en el “velorio” que duraba en una
primera etapa nueve días(novenario) para luego completar cuarenta días y
cuarenta noches, contados desde el día del deceso. Alrededor de una mesa
cubierta con un mantel blanco, candelabros con velas encendidas, y un vaso de
agua con un algodón dentro para calmar, según creencia popular, la sed del
alma del fallecido que hacía presencia, en medio de todo, a través de una foto
escogida por sus familiares. Ubicada en la sala principal de la casa se
congregaban, alrededor de este altar, vecinos y parientes a rezar el santo
rosario que se acompañaba de las oraciones de difuntos propias de la liturgia católica.
Una reconocida rezandera del barrio dirigía el
encuentro luctuoso haciendo alarde de un gran histrionismo, tantas veces dramatizado,
burlescamente, en las exequias a Joselito, el martes de carnaval.
Café
tinto, limonaria o limoncillo degustaban los asistentes en medio de una
fraterna camaradería. La seriedad de los concurrentes la rompía, terminado el
acto devoto, uno u otro cuenta chistes aficionado, hasta altas horas de la
noche.
Cumplida
la cuarentena en memoria del extinto se hacía lo que denominaban “levantamiento
de la mesa”, con un ceremonial religioso más nutrido que el de los 39 días
previos.
Se
me ocurre pensar que la deshumanización de la muerte y la consiguiente comercialización
de los funerales ha provocado la desaparición de los hechos que he narrado como
constituyentes del antes denominado “tiempo de luto”. Sus manifestaciones se
han reducido, en la actualidad, a las 24 o 72 horas que transcurren entre la
muerte y el entierro final. La sala de la casa ha sido cambiada por los salones
funerarios en donde, más que un sincero acompañamiento solidario, lo que se da es
una presencia por compromiso según exigencias de la moderna etiqueta social.
En
aquellas calendas el luto se confundía con el duelo. Comunitariamente se vivía,
sentía y expresaba la situación dolorosa de la perdida de una persona. Ahora el
duelo lo experimentan, en la soledad y el silencio de sus hogares, los padres
que pierden a sus hijos o los hijos que pierden a sus padres, el esposo que
pierde a su esposa y viceversa. Unos y otros quedan a solas una vez cumplido lo
estipulado por las convenciones sociales para sobrellevar la dolorosa ausencia
del ser querido que partió para siempre.
El
duelo, constituye así, una experiencia personal, tuya, de nadie más. Solo tu lo sientes. El luto
no siempre da medida, en sus expresiones externas de la intensidad, de la
magnitud del dolor, del dolor que llevas por dentro.
El
psicoanalista francés Jean Allouch escribió en Erótica del Duelo en Tiempos
de la Muerte Seca «Si pierdo a un padre, a una madre, a una mujer, a un
hombre, a un hijo, a un amigo, ¿voy a poder remplazar ese objeto? ¿No se
relaciona mi duelo con él en cuanto irremplazable?». El pensamiento de Allouch es,
tal vez, la aproximación más profunda sobre la teoría del duelo en
psicoanálisis. “En su cualidad de irreemplazable, el objeto perdido provoca un
duelo que no tiene fin: el sujeto debe encontrar entonces formas de
relacionarse con la ausencia”, afirma.
Esta
nota la escribo con conocimiento de causa por la inmensa pena que invade mi
alma al no poder tener a mi lado al gran amor de mi vida, a Helena Yamile Arana Porto.
Para
Roland Barthes, la única forma de trabajar el duelo es a través de la
escritura. La escritura, según el crítico francés, es la forma de ligarse a los
otros y de hablarles. Es también la manera de hacer hablar algo de él mismo.
Barthes encontró en las páginas de su Diario de Duelo, el medio de expresar su
duelo ante la ausencia de su madre: «Mi duelo es por la relación amorosa, no
por la forma en que está organizada mi vida. Me llega a través de las palabras
(de amor) que me vienen a la cabeza».
La
fe y el amor me fortalecen, cada día, en la convicción de que desde el mas allá,
en donde se encuentra Helena Yamile, ella con su espíritu cuida mis pasos e ilumina el camino
que todavía me queda por andar, en esta nueva vida, sin su irremplazable compañía.
Barranquilla
enero 15 de 2026


🙏
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